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RIVSTA NEXUS – El recuerdo como ficción

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RIVSTA NEXUS – El recuerdo como ficción

Por Nicolh Fernanda Valencia Pimentel*

Todo lo que conocía era esa gran ventana con vista al cultivo y los huevos tibios envueltos en un trapito que me hacía mi abuela cada mañana. Todo lo que conocía era a mi madre y a mi abuela en una pequeña casa de bahareque, dentro de un gran patio con un gallinero y un palo de mango. Vi a muchos de mis tíos por primera vez en las fotografías que mi abuela conservaba. Sabía quién era Nancy, aunque murió un año antes de mi nacimiento. Nancy es mi tía, «la que se suicidó», y se parece mucho a mamá. Sé que Belsar fue quien entró por el patio ese día porque Elena tenía una foto de sus dos hijos menores con el mismo árbol de fondo. Belsar es lo más cercano a Euclides que conocí.

Los vestigios de un tiempo pasado que se configuró hasta el momento de mi existencia estaban ahí, en una bolsa llena de álbumes de Foto Japón. La puerta al recuerdo se encuentra en pequeñas bolsas escondidas entre los armarios de mi familia. Recuerdo fragmentado. Recuerdo ficticio. Recuerdo censurado.

Belsar y Euclides.

No puedo rastrear a mi familia antes de la fotografía. Conocí la historia que me antecede solo por ese papel desgastado. Creé una idea de mi familia, de mi identidad, de mi madre antes de ser mi madre, de mi mundo antes de ser mío, por medio de las fotografías y las eternas noches en donde la familia se amanecía en el comedor contando las historias detrás de estas. El comedor se convirtió en un templo de la historia, tan famoso que incluía las firmas y dibujos de los miembros que se habían tallado en la mesa de madera.

Mi familia es la que va a paseo de río y se crió agarrando pescados. Mi familia tuvo una madre maravillosa ¿Cómo lo sé? Eso dice la foto: la gente que la mira ha escrito un respaldo en ella a partir de su recuerdo. Ahora creo que la foto es una voz que te dice lo que quieres escuchar, habla por sí sola. Yo estoy ahí, en las fotos, aunque no aparezca, aunque no existiera; quién soy, quiénes somos, también se encuentra ahí. Cuando Isabel Zapata habla sobre la manía de su familia con los libros, de amarlos de manera casi caníbal, pienso en lo mucho que me gustaría que mi familia fuera esa: la que tiene bibliotecas en casa y se deja legados de conocimiento. No puedo encontrar comprensión:

La fotografía siempre ha estado asociada a la magia y la mitología. Los griegos, romanos y otras culturas de la antigüedad utilizaban superficies reflejantes para practicar la adivinación, y hasta hoy existen algunos pueblos cuyos habitantes temen que la cámara los despoje de una parte de su identidad (Zapata, 2022, p. 27).

Temo y anhelo al mismo tiempo la lectura completa de esa identidad que la fotografía le robó (¿o le dio?) a mi familia. Sé que no hay una familia “culta”, sino una marcada por el dolor que se ha disfrazado de familia berraca ¡Qué palabra! Somos unos berracos, no unos desplazados.

Ya no hay fotos familiares, pero veo y conservo las anteriores como un presagio, un recuerdo de ida y vuelta; pasado, presente y futuro que me dice: en el pasado existió una familia. En el pasado no estoy. Cuando todo era mejor...eso dicen siempre. En Sofoco, de Laura Ortiz, encuentro lugar en el mundo: “No me puedo imaginar dónde es eso, entonces se me ocurre que tal vez fue en el pasado, por allá, antes de que yo naciera. Es bonito pero triste imaginar” (Ortiz, 2021, p. 27). Dice la pequeña niña que aún se orina en la cama, ella se parece tanto a la niña que se muerde el pelo mojado mientras se esconde debajo de la mesa. En la escritura he encontrado lo que en mi familia no.

*

Una tarde escuché a Cristina Kahlo hablar sobre cómo en los retratos puedes dotar de una personalidad, ya que el fotógrafo se proyecta; pensé en quien toma la foto como una luz que se refleja en el lente, aparece casi por consecuencia como en las fotografías de Vivian Maier: A mí me gusta hablar con ellos; el vínculo con la persona; ella me está viendo y yo la estoy viendo, expresó con entusiasmo al hablar de sus retratos. Existe una necesidad de querer llevarse todo. Quiero saber y recordarlo todo. La fotografía te da un poder falso, una ilusión del recuerdo que también da la escritura. Zapata lo explicó mucho antes de que yo llegara a esta certeza:

La fotografía es una trampa porque nos regala un imposible: la ilusión de que uno puede apropiarse de lo observado al mirarlo. Pero, si bien es cierto que tiene algo de tautológico (en ella una pipa es siempre una pipa), retratar algo por miedo a perderlo equivale a intentar detener el paso del tiempo. Usar una imagen como amuleto contra el cambio es intentar bañarse dos veces en el mismo río. El río no es el mismo, y la persona no es la misma, y el mundo no es el mismo (Zapata, 2022, p. 29).

A mí me gustaría hablar con ellos, con los muertos congelados en el tiempo, con mi abuela una vez más: preguntarle a Ernesto por qué se esconde ahí; quisiera saber con precisión quién era mi familia; quisiera hablar con mi mamá, pero la que escuchaba a Carlos Vives y usaba el cabello despeinado; quisiera preguntarle a Nancy por qué intentó suicidarse con mi abuela en casa. Quiero mantener el vínculo con el pasado, con la persona. Quiero mirarlos y ser mirada por ellos.

El pasado es un misterio para mí, algo incompleto que busco entre los muertos, entre el inerte, entre los que ya no están. A los vivos temo preguntarles porque sí pueden hablar, pero deciden no hacerlo. A mi sed del recuerdo también la acompaña un vértigo; preguntar es “esforzarse por agotar el decir para llegar más rápido al silencio. Saber o no saber. Saber y no saber” (Negroni, 2021, p. 17).



*

Sé que Elena y Aristóbulo se separaron múltiples veces por la fotografía de mi mamá con su vestido amarillo en un palo de mango. No hay ni una foto de ellos juntos. Mi abuela aparece en los fondos, esquiva de mostrar su rostro. Mi abuelo siempre estuvo enfermo. Sé que la guerrilla no dejó a Elena morir en una ocasión porque interceptaron una de las cartas que ella le enviaba a sus hijos en donde contaba que Aristóbulo la había tirado desde el segundo piso en presencia de mi madre, su hija menor.

*

Hay cosas que no sé, puede que todo sea ficción; tal vez el vestido nunca fue amarillo; mi padre murió en su servicio militar y, tal vez, con la muerte más cerca, me hubiera enviado una carta como en los viejos tiempos con las palabras que nunca llegaron en esta línea temporal. Puede que mi abuela nunca haya dado a luz a doce hijos, tal vez fueron más, o tal vez fueron solo los diez de los que existen registros ¿Debería creer solo en los ocho que conocí en carne y hueso? Puede que, como la historia temporal que inventé de mi padre militar, los hombres y mujeres en las fotografías sean solo unos amigos, unos desconocidos que toman el papel de mis tíos en mi imaginación con sus muertes fantásticas. Todo se ha distorsionado con el tiempo. Esos papeles son el ancla del recuerdo

Papá.

Algún día voy a armar el rompecabezas: sentarme a contemplar lo más completo que puede ser, ver cómo el recuerdo florece y mi memoria se expande. Aun así, no podré darme cuenta de la historia completa: seguiré en el patio de la casa llorándole al olvido. Mi lenguaje termina cuando ya no puedo plasmar el recuerdo, cuando, por más palabras que use, no logre invocar nada ni a nadie con ellas. Voy a escribir cada canción de cuna en un intento de tu voz. Escribiré cada momento a modo de súplica. Está en el acto de escribir el querer conservar.

Para encontrar el recuerdo uno tiene que rasgar el papel, limpiarle el polvo a la foto y tener la valentía de preguntar múltiples veces, de escuchar la historia detrás que ya ha sido contada en busca de nuevos detalles. Creo que esta tarde he rasgado el recuerdo de mi mamá:

«Cuando estábamos en el pueblo mi mamá no se quería devolver para la finca. Ella tenía allá su trabajo, nos habíamos adaptado a estar ahí. Mi papá, de rabón, vino y cogió a Euclides, a Belsar y a mí, nos echó en una canoa. Dejó a mi mamá sin nosotros. Nos llevó a la finca, nosotros tres solitos con mi papá. Me acuerdo que ese día, como a las cuatro o cinco de la tarde, empezó a oscurecer y empezó esa nostalgia tan hijueputa. Nos sentíamos solos sin mi mamá. Llorábamos los tres. Mi papá nos había dejado solos, y cuando llegó nosotros parecíamos lobitos aullando. No le miento. Así, mirando ese hijueputa río, a ver a qué hora llegaba mi mamá. Mi papá para calmarnos nos decía que nos iba a llevar a comer pomas, de esas rojas.

A los tres días mi mamá llegó. No aguantaba sin nosotros y nosotros sabíamos que sin ella tampoco podíamos. No era la primera vez.
Cuando tenía doce años, mi mamá hizo otro intento de dejar a mi papá. Él llegó y se llevó a Belsar y Euclides. Sólo aguantamos seis meses.
Por eso a veces es mejor no recordar. Quisiera devolver el tiempo»

(recuerdos cuando) tenía 12 años.

La foto, como objeto material tridimensional, se mueve en el mundo; interactúa con él, con las manos que la sostienen e intercambian. Con cada nuevo par de ojos que la mira, la imagen se convierte en extensión del cuerpo ajeno y de su saqueo. Toda fotografía implica la sustracción de un fragmento del cuerpo retratado (Azahua, 2014 p. 41)

¿Qué pasa si cubro ese fragmento del cuerpo? Entre las fotos existe la de un hombre de edad desconocida. Mira fijamente a la cámara y no sonríe, sólo mira. Lleva la camisa desabotonada, con las costillas tan pronunciadas en el pecho que casi puedo ver el orificio en medio: es la única foto que hay de Ernesto. Desconozco la historia detrás de él, la razón de su delgadez y la ausencia de una sonrisa. Desconozco por qué se guarda envuelta dentro de una hoja de cuaderno con un corazón mal dibujado en tinta verde: parece que es el souvenir que nadie quiere toparse por accidente o tener que dar explicaciones. Siento que lo conservan ahí. Al ser la nieta menor yo solo conozco los finales, nunca los principios.

Me da la ilusión de mirarme cuando lo observo, aun cuando lo tapo sé que me está mirando. Debió ser una de las fotos más tristes que tenía mi abuela de su hijo, hasta que fue la última y se convirtió en un tesoro. Mi mamá me ha preguntado en muchas ocasiones si podría editar esa fotografía, modificarla para que no se le vean las costillas. Hay ahí una delgadez que difuminar, una historia que censurar. Sea cual sea la razón de esto, no quiere que resista al tiempo. Yo no he querido hacerlo hasta que me diga por qué él se encontraba así. La foto sigue ahí, envuelta en la hoja.

Retrato involuntario me llevó a esto. Giré mi cabeza hacia el lugar que ignoraba. Ya no puedo hacerlo más. El morbo, porque no fue más que vil y mortal morbo, me llevó a buscar las fotografías de las que hablaba Marina Azahua en Souvenir del linchamiento días después de haber llorado por lo leído. Sigo preguntándome por qué hice eso ¿De verdad fue solo morbo? Creo que, si algún día encuentro esa respuesta, será la misma razón por la que esculco en las fotos; no me limito solo a las que tengo en casa.

Voy por las casas de mi familia olfateando el recuerdo, paso por la vida de las personas preguntando por su álbum familiar.

*

La foto me lleva al recuerdo y el recuerdo me llevó a preguntar, hoy sigo sin saber si hice bien al hacerlo:

«A Ernesto lo mataron a puñaladas. Lo remató fue la piedra que le pusieron en la cabeza.

No sé si un paramilitar, un mafioso o un coquero, el caso es que una noche se tropezó con su pie al pasar y como era gente que se creía mucho por tener plata, se enojó con él. Tengo entendido que el man siguió insultándolos esa noche. Al cerrar las discotecas, los manes regresaron. Yo creo que habían ido a traer las armas. Ellos les dispararon a mis hermanos y a sus amigos. El grupo se separó. Ernesto queda con una vieja, amiga suya, que cargaba una navaja. Se esconden a la par de un palo. El resto se va corriendo hacia el parque. Yo creo que mi hermano se sintió, y aún herido se lanza con la navaja. Él cae al piso. Los coqueros se iban yendo y se devolvieron, cogieron una piedra y se la destrozaron en la cabeza. A él lo mató ese golpe.

Cuando los muchachos alcanzan a escuchar el grito de él que dijo: “¡Me mataron!”, porque él les gritó: “¡Me mataron!”, sus amigos se devolvieron. Lo cogieron entre los brazos Belsar y Euclides. Ellos sintieron cuando se les murió en los brazos. Qué angustia tan hijueputa.

A nosotras nos llamaron a las cuatro de la mañana, yo me acuerdo. Yo vivía con Enelia y las llamadas las recibíamos en el segundo piso. Con una llamada a esa hora usted queda sentado. Volteé a mirarla a Ene, y ella: “Yo no voy a contestar, vaya usted”. Fui y contesté.

—¿Aló?—Nos llamaban desde Solano, Caquetá: “Acaban de matar a su hermano Ernesto”.
Ya no me acuerdo quién nos dio la noticia. Lo cierto es que me quedé fría ¿Cómo le iba a decir a mis hermanas? ¿A mi mamá? Bajé, abrí la puerta, y Enelia solo retrocedía y hacía que no con la cabeza. A mí se me caían las lágrimas. Ella no sabía quién, porque allí estaban muchos de nuestros hermanos. Sabía que había muerto alguien por la hora de la llamada, pero no sabía quién.
—Mataron a Ernesto.
Esa mujer pegó un grito. La abracé y nos organizamos para irnos. Vía Florencia ya vimos el amanecer, pero usted no sentía ese amanecer alegre, sino como una tristeza. Llegamos a Puerto Arango, teníamos que llegar antes de las nueve para coger el transporte. Como a las once ya estábamos en Solano. Me acuerdo que mi mamá estaba recostada sobre el marco de la puerta de la casa, con la cabeza abajo, las manos cruzadas, ida.
Esa noche mi mamá se enloqueció. La malparida de Nancy le dio una pasta para que no pudiera llorar. Antes mi mamá no se murió ahí. Se enloqueció, empezó a desconocer a las personas. Yo siempre fui muy apegada a ella, le llevaba agüita. Estábamos sentadas con Betty, la mujer de Ernesto, y doña Fanny, una vecina, pero no las reconocía.
—¿Quiénes son ellas, hija? —me decía.
Yo solo les hice señas para que se salieran. Después entró Nancy a llorar. Me tocó vaciarla. Yo tratando de calmar a mi mamá, mi mamá está bien mal porque usted le dio esas benditas pastas que no tenía que darle, y viene usted aquí a chillar ¡Vaya y llore en el hijueputa patio! A mí me dio mucha rabia ver que se ponía así. Mi mamá no me dejó ir, no me podía separar ni para ir al baño. Luego empezó a reírse sola, miraba un esqueleto que se le reía. Estaba loca. Así sería la presión, estaba para explotarle la cabeza. Me tocó llamar a un médico. No podía llorar delante de ella. Me veía llorar y le sacaba excusas. Me preguntaba:
—¿Por qué lloras?
¿Cómo que por qué? Si en la sala estaba su hijo muerto y ella así, perdida.
Después del médico estuvo mejor. Como a las cuatro de la mañana mi mamá se paró, salió a la sala, se agarró del ataúd de mi hermano y lloró como nunca. Se agarraba a dos manos y gritaba con una fuerza… que se desplomaba. Yo le decía a Nancy:
—¿Por qué no la dejó que ella sacara ese dolor? Mire, eso era lo que ella necesitaba: sacar su dolor.
Esa tarde fue el entierro. Normal. Uno tiene que llorar».

Ernesto.

Siempre estoy arando la tierra del recuerdo como lo hizo Jeremías en Un toro bien bonito. Él encontró a su taita, la historia que le hacía falta. Estuve arando tanto, jodiendo tanto con la bendita bolsa de fotografías, que encontré al muerto.

No sé cómo se llaman esas fotos que se encuentran en cuadros diminutos donde uno tiene que ponerlas a contraluz y asomarse por un círculo pequeñito que da espacio a la imagen1. Bueno, en esas, ahí estaba el cuerpo de Eulices, en una mesa con las manos entrelazadas que descansan en el pecho, junto a unos libros adornados con pequeños moños que parecen ser signos de luto. Tiene algodón visible en la nariz y la boca. A cada lado se encuentran sus hermanos organizados en filas del más alto al más bajo. Hay flores de papel crepé, pero no hay ataúd: es solo su cuerpo y la familia, adornados con velas encima de botellas de vidrio. De entre todas las cosas que se pudieron fotografiar se decidió fotografiar a Eulices muerto: la familia de doce hijos, ahora once, sin dinero, tomó esa decisión permitiendo que lo simbólico adorne el recuerdo.

Mi mamá aparece en la esquina de esa foto encapsulada. Es idéntica a mí. Me siento extraña con esa imagen, como si hubiera estado ahí y lo hubiera olvidado. Espero que nadie de mi familia lea esto nunca; he husmeado donde no debería, lo sé y lo siento, pero siento la necesidad de recordarlo todo. Perdón por hacerte recordar y replicar el dolor a partir de mi memoria:

«Revivir eso es una angustia porque yo recuerdo que la guerra que nosotros vivimos fue mucho antes. Yo lo recuerdo. Duré muchos años escuchando un helicóptero y me iba al baño a vomitar de los nervios. Ahora es que yo digo: eso era un trauma. No sé por qué mi cuerpo reaccionaba así. Tenía como cuatro años.
A nosotros no nos jodió la guerrilla, a nosotros nos jodió el mismo ejército. Nos dispararon casi a quemarropa, sabiendo que ahí estábamos: campesinos y familias enteras con niños. A ellos no les importó nada.
Y mi hermano, el que está ahí muerto, era quien se iba de noche con mercados a dejarles a la gente que estaba por allá para que no se murieran de hambre. Tarde de la noche con el mercado que el cura le conseguía. Él se iba con el motor de la canoa apagado porque era bajando el río. Les dejaba y, antes de que amaneciera, se venía bien pasito con el motor para que no lo sintieran y no lo fueran a matar. El ejército no dejaba pasar comida y había gente muriendo de hambre.

Ellos sabían a ciencia cierta que la guerrilla no estaba ahí. La guerrilla los esperó mucho más arriba y allí les hizo frente, como quien dice: “Ellos no tienen nada que ver, aquí estamos”. Cuando nosotros nos fuimos a una finca, a una loma, fue porque huimos de lo que nos había pasado. Nos reunimos varias familias allí, y mi hermano, ya de ver que no dejaban entrar comida dijo: “Vámonos pal pueblo, en el nombre de Dios, vámonos”.
Yo me acuerdo que eran como tres dedos de borda lo que tenía esa canoa. Imagínese usted en una canoa así. Mi mamá nos llevaba muy pequeños ahí. Íbamos ya llegando, a metros del pueblo, cuando llegó una lancha… era del ejército. Y de esa lancha salieron dos hombres en unos deslizadores. Eso anda como por encima del agua y la marea que arman es grande. Ellos empezaron por los lados, estábamos rodeados. Todo el mundo pensó: “Hasta aquí llegamos”. Imagínese mi mamá, ¿qué iba a nadar ella con sus hijos? Yo, pequeñita, Euclides pequeñito, Belsar pequeñito, todos, todos. Eran varias familias.

Mi hermano iba parado, manejando, y dijo: “Señores, aquí no hay nada más que encomendarnos a Dios. Sólo Dios nos puede salvar de esta”. Mi mamá gritaba, todos les gritábamos a los que iban en los deslizadores: “¡Por amor a Dios, no lo hagan! ¡Dios mío, por favor, no lo hagan!”. Y esa gente se reía, se reía. La punta de la canoa se hundió. Eran los borbollones de agua que se adentraban. Eran como tres personas botando agua con unos galones. Eso era bote agua y bote agua. La punta se hundía y salía.

Yo solo me imagino la angustia de mi mamá porque uno como niño llora, se angustia y llora, pero usted como madre de ver que sus hijos pueden morir ahí y no puede hacer nada, debía ser muy berraco. Nos dieron varias vueltas esos hijueputas. Y luego, cuando por fin llegamos al puerto, donde ya salimos todos, llegaron otros deslizadores de la base militar y dijeron: “El que viene manejando esta canoa se pasa acá”. Mi mamá se desplomó en el puerto. “¡Mi hijo no, mi hijo no!”, y puff. Todo el mundo se les fue encima: “Qué no ¿cómo se lo van a llevar? no”. Ahora entiendo: lo que ellos hicieron fue una prueba a mi hermano para llevarlo a manejar los deslizadores de ellos ¿Usted sabe a quién primero le da la guerrilla? Al que va manejando. Todos gritaban. Yo no sé, fuimos muy de buenas de que todo el mundo hubiera llegado en ese momento.

Después de eso, mi mamá consiguió una casita. Empezó a hacer gelatina de pata, a lavar ropa ajena, a planchar ropa. Si le tocaba ir a hacer aseo a una casa, ella iba y hacía. Nosotros, los más pequeños, íbamos a vender gelatina con bandejas en la cabeza ¡Ah! Nos ganamos unos peladitos que nos hacían la vida a cuadritos. Los muchachos más grandes, pues lo que hacían era irse a trabajar a fincas. Belsar estaba como en esa foto».
«Cuando yo estudiaba en Florencia, él me preguntaba cómo hacía para olvidar a alguien. Le dije que pensara en todo lo malo, que no la llamara. De camino lo vi en una cabina telefónica ¿Adivina qué estaba haciendo? Llamándola. Lo miré y le dije que no con la cabeza.
 —No, güevón. Usted sí…».
«A Euclides sí lo matan años después por lo de la moto. Lo mató la policía. A los ocho días de haber matado a mi hermano cambiaron a toda la policía del pueblo. Ellos sabían que se les metía demanda porque el policía mató vestido de civil. A Euclides lo hicieron poner en la lista de los paramilitares. Esa gente, en esos días los paramilitares iban a hacer limpieza.
Yo no sé, lo único que sé es que los del pueblo lo reconocieron. Sabían que era ese policía. Vestido como fuera, uno lo reconoce, ya cansados de verlo. Eso fue por allá en el 2002. Él estaba sentado en una silla mecedora en su local, le pegaron un tiro en la cabeza por detrás».

Han pasado más de veintidós años, pero en esa foto siempre será 2002. Euclides vive en el 2002, tiene una vidriería, le gustaba dar vueltas en el pueblo con su moto verde y ese día su hermana lo llamó para decirle que le hiciera una serie de favores que él ha tardado en completar seis meses enteros. Euclides le dejó una cicatriz a una de sus sobrinas, que ella conserva y muestra con mucho anhelo. Euclides nunca olvidó a su exnovia.

Año 2002.

Todos les dedican sus libros a sus hermanos:

Para mis hermanos y hermanas, por tanto amor y alegría compartidos.

Para mi hermano Pedro, por las fotografías que nos tomamos.

Quisiera alguien con quien esculcar las fotos. Alguien con quien compartir historia, sentir dolor y felicidad. No poseo familia más que en el pasado y aun así me quedaba llorando en el andén, abandonada cada enero. Sin familia, sin identidad. Solo tengo nostalgia y palabras. Puedo recordar con la misma claridad lo que escribí hace un minuto como recuerdo el rostro de mi abuela.

La foto interrumpe. Te obliga a ver. Los objetos hacen eso. No tuve con quién llorar cuando fui a un ancianato y encontré a una señora con la blusa de mi abuela. No se parecían en nada y, aun así, reconocí esa prenda.

¿Cuántos de mis recuerdos son reales?

He perdido la voz. Todo es recuerdo. Todo es ficción. La ficción se alimenta de mi recuerdo ¿Qué es el recuerdo sino ficción? Estuve mucho tiempo observando las fotografías y alimentando el sentir. He presionado, he mentido, he matado, he muerto, pero por sobre todas las cosas, recordaré. A mi sed se le atravesó una historia. No he podido hacer más que dejarme atravesar.

*

Hoy entendí por qué Alma Delia Murillo escribió: “La familia es la mentira mejor contada, la más venerada, la que más amamos, el punto ciego de sangre donde todos perdemos perspectiva” (Murillo, 2022, p. 21).

«Hay tantas cosas que todos sabemos que no decimos. En lugar de encontrar comprensión en el otro, todos decidimos callar. Toda familia tiene secretos. Duele recordar.
Cuando esa gente mató a Ernesto, ellos sabían que la habían embarrado. Se sepultaron como por un año, no salieron al pueblo. Todos, sus amigos, conocidos, planearon vengar la muerte de Ernesto.

Y ese señor salió al año al pueblo, barbado, como si nadie lo fuera a reconocer. Salió y los muchachos hicieron su vuelta. Elkin le disparó. Yo sé que es algo que le ha dolido mucho a Elkin, que lo ha marcado para toda su vida. Él, hoy día, de pronto diría: “No lo hago”.

Pero en ese momento, para ellos, fue muy duro que hubieran matado a mi hermano de la manera en que lo mataron, por algo que no justificaba lo que hicieron. Yo estaba ahí, en el pueblo. Vi a ese señor muerto. Fui a la mesa donde lo tenían en el velorio, porque yo quería verlo. Ver muerto al hombre que mató a mi hermano.
Ellos ya se iban a ir, acomodaron todo y no sé... dicen que Elkin lo hizo en el momento y después él se desfiguró, le dio la pálida, le dio de todo. Él le disparó cuando ya se iban a ir, en el puerto.

Por eso mis hermanos se abrieron del Caquetá porque esa gente tenía cultivos de coca, poder. Teníamos miedo de que les hicieran seguimiento, y luego, años después, los mataran. Porque nadie puso demanda. Salieron desterrados de por allá, huyendo. Fue algo que les marcó la juventud. Uno nunca sabe esa familia qué... tal vez un día aparezcan.

Cuando yo fui al velorio, obviamente ellos no sabían quién era yo. Lo vi así, tirado. No lo habían ni arreglado. Estaba con las botas, barbado. Ahí escuché a la misma mamá decir:
—Lo presentía. Era algo que lo jalaba. Yo lo soñé y se lo dije muchas veces, que no saliera, pero no me hizo caso.

Él sabía lo que había hecho. Que no tenía que haber matado a mi hermano de la manera en que lo hizo. Se sentían grandes porque tenían un arma. Todo el pueblo los vigiló hasta que salieron.
Elkin disparó, vomitó, pero todos eran cómplices.
Haga de cuenta que nunca le conté esto».

*Sobre la autora y sobre este trabajo

Nicolh Fernanda Valencia Pimentel es estudiante de la Licenciatura en Literatura de la Universidad del Valle. Este proyecto de escritura se elaboró para el Seminario Taller de Investigación Literaria, en 2025-1, a cargo del docente, autor y editor Jacobo Arango.

La propuesta central del Seminario consistía en contribuir a que el estudiante percibiera a la investigación como una práctica cotidiana que amplía el horizonte de su oficio y no está necesariamente asociada a un requisito o imposición institucional. En este sentido, no había directrices temáticas (más allá de una clara relación con el misterio de lo que es y no literario) y cada estudiante estaba en libertad de elegir unos problemas sobre los que le interesaría seguir pensando. Nicolh logró encontrar a lo largo del curso una relación entre su archivo familiar y la literatura que se pregunta por los límites de la memoria y el documento. "El recuerdo como ficción (Cuaderno de apuntes)" alcanza una zona de interlocución con obras como Persona , de José Carlos Agüero y Retrato involuntario , de Marina Azahua, y en ese acto fundamental, en su salida del registro monocorde del comentario, la reseña y la cita, la autora se convierte en ensayista e investigadora.
Referencias
Azahua, M. (2014). Retrato involuntario. Tusquets.
Murillo, A. D. (2022). La cabeza de mi padre / My Father’s Head. National Geographic Books.
Negroni, M. (2021). El corazón del daño. Penguin Random House.
Ortiz Gómez, L. (2021). Sofoco. Barrett.
Puga, M. L. (2004). Diario del dolor. Alfaguara.
Quignard, P. (2015). La imagen que nos falta. Vestalia Ediciones, Sa.
Zapata, I. (2022). Alberca vacía. LUMEN.

1

Se les llamaba “visores de diapositivas”, o de filminas. En México los llamaban “visores de circo”, porque los vendían en los alrededores de la carpa, como juguetes de feria (N.E).


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